La Agencia Internacional de la Energía (IEA) nos da la razón: el cambio a un modelo renovable supone un extraordinario ahorro económico

Desde que, en noviembre de 2012, Ramon Sans Rovira presentó por primera vez su proyecto de transición energética, CMES (Colectivo para un Nuevo Modelo Energético y Social Sostenible) supo ver tanto la importancia del mensaje como el rigor del discurso y, desde entonces, se adhirió al mismo, defendiéndolo, a partir de entonces, como propio. En aquella primera presentación, Ramon Sans ya anunciaba que la transición a un modelo energético 100% renovable no sólo es necesaria –como se deduce de la lectura del libro Recursos energéticos y crisis. El fin de 200 años irrepetibles, de Carles Riba Romeva– sino que también es técnicamente posible a la vez que presenta innumerables ventajas desde el punto de vista medioambiental y, también de forma mucho más llamativa, desde el más riguroso análisis económico. De hecho, el estudio prevé que, entre 2015 y 2050, Europa podría llegar a acumular un ahorro de dieciséis millones de millones de dólares.

Son muchas las conferencias que Ramon Sans ha impartido desde entonces en múltiples foros y, hace unos meses, su proyecto se ha concretado en el libro La transición energética del siglo XXI. El colapso es evitable, escrito en colaboración con Elisa Pulla y publicado por Octaedro. Pues bien, ahora, el principal organismo de referencia en energía a nivel internacional, la IEA (Agencia Internacional de la Energía) llega a conclusiones económicas similares. En su reciente informe Energy Technology Perspectives 2014, la agencia estima que, en 2050, y si se consigue el objetivo de que tan sólo el 65% de la electricidad mundial (o sea, el 46% del total de energía) sea generada a partir de energías renovables, el ahorro acumulado hasta entonces podría llegar a ser de más de setenta y un millones de millones de dólares (más de 50 veces el PIB actual de España).
Además, la IEA muestra una clara preocupación por el impacto medioambiental y por garantizar la seguridad del suministro energético. Así pues, los tres escenarios que propone –definidos, de manera significativa, según el aumento previsto de la temperatura terrestre en grados centígrados de cara a 2050: dos, cuatro o seis grados– tan sólo el primero de ellos (2DS), en el que se incluye un incremento significativo de las renovables en el mix energético, puede ser visto como un sistema sostenible para el futuro, mientras que el último (6DS) implica resultados ambientales potencialmente devastadores.
Sin embargo, y de forma que consideramos errónea, el mix energético previsto por la IEA para 2050 mantiene todavía, en el escenario 2DS, un 43% de aporte de combustibles fósiles y apuesta por el “low-carbon” del que también forman parte las nucleares y el CCS (Carbon Capture and Storage). Se trata de un concepto al que la IEA parece aferrarse desde hace unos años a pesar de reconocer la incertidumbre del futuro de la generación nuclear y la falta de tecnología e inversiones que pudieran hacer realidad esa intención de “enterrar” el CO2 emitido por la quema de combustibles fósiles que se esconde bajo las siglas CCS.
Llama la atención, no obstante, cómo el mensaje de la IEA va acercándose cada vez más al defendido por Ramon Sans y por CMES, no solo en el reconocimiento del potencial de las renovables y sus importantes ventajas medioambientales y económicas, sino también en la aceptación de la incertidumbre en lo que se refiere al abastecimiento y evolución de los precios de los combustibles fósiles para los próximos años, en la apuesta por un modelo energético mayoritariamente eléctrico o también, y de forma relevante, en que el diseño de políticas favorables al nuevo modelo, junto con el desarrollo tecnológico, son los factores imprescindibles de cara a la realización del mismo.
Desde aquí, CMES se congratula del nuevo posicionamiento de IEA que, a pesar de ser insuficiente, confirma tanto la urgencia como las ventajas de la transición energética que debe abordarse en el siglo XXI (TE21), no sólo por razones ambientales sino también económicas y para asegurar el suministro futuro. Aún queda mucho por hacer pero no tenemos ninguna duda de que estamos en el buen camino.

Carles Riba Romeva
Presidente de CMES

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